Hay que imaginar al bailarín dichoso. Sostiene en los músculos un saber que la inteligencia no alcanza, y cuando el silencio precede a la primera nota, su cuerpo asume sin protesta una tarea que ninguna razón justifica del todo. Bailará. Bailará porque sí, porque el mundo está ahí y él también, porque entre el existir y la tentación de renunciar ha elegido un tercer camino, que es moverse.

Conozco pocas certezas tan puras como la del cuerpo que se entrega al ritmo.

Porque la danza es lúcida. Conoce sus límites con una franqueza que casi ningún arte iguala. Sabe que cada salto termina, que el cuerpo envejece, que la escena se vacía cuando cae el telón. Y sin embargo procede. Bailar es aceptar las reglas del juego sin pedir su modificación, asumir el peso, la fatiga, la caída inminente, y aun así trazar en el aire una forma que, mientras dura, hace creer al espectador que el mundo tiene sentido, porque dura lo que dura el movimiento y no pretende sobrevivirle.

Bailar es, finalmente, una forma de decir sí. Sí al cansancio, sí al ridículo posible, sí a la torpeza de los primeros pasos, sí al cuerpo tal como es y no como uno hubiera querido que fuera.

Hay que imaginar al bailarín dichoso. No porque ignore el peso del mundo, sino precisamente porque lo conoce, y ha decidido cargarlo bailando.