Hace ciento veintiún años, el 24 de marzo de 1905, moría en Amiens, Francia, un hombre que había pasado buena parte de su vida mirando hacia adelante. Julio Verne tenía setenta y siete años y una obra que desbordaba los límites del siglo en que vivió. Había escrito sobre viajes submarinos cuando los submarinos eran apenas una fantasía técnica, sobre viajes a la Luna cuando el cohete era todavía una invención del sueño, sobre la vuelta al mundo en un tiempo que parecía imposible de comprimir. Murió sin ver muchas de las cosas que describió, pero con la certeza —aunque quizás nunca del todo consciente— de que el mundo terminaría alcanzando sus páginas.
Lo que distingue a Verne de otros escritores de su época no es solo la precisión técnica con que anticipó inventos y posibilidades, sino la calidez humana con que habitó esos mundos futuros. El capitán Nemo, Phileas Fogg, el profesor Aronnax, el entrañable Passepartout: sus personajes tenían ambiciones, manías, soledades y pequeñas victorias. Verne entendió que la ciencia y la aventura solo importan cuando hay alguien que las vive desde adentro, alguien con quien el lector pueda compartir el asombro. Fue, en ese sentido, un escritor profundamente humano vestido con ropas de visionario.
Su relación con el tiempo fue siempre compleja. Escribió en una época marcada por el optimismo industrial del siglo XIX, pero sus obras más oscuras —La isla misteriosa, Robur el conquistador, algunos pasajes del propio Nemo— ya intuían que el progreso podía convertirse en amenaza. Verne no fue un tecnófobo, pero tampoco fue ingenuo: sus máquinas tienen dueños, y esos dueños cargan con pasados, con heridas, con proyectos que no siempre coinciden con el bien común. En esa tensión vive todavía parte de la grandeza de su obra.
Releerlo hoy es una experiencia extraña y hermosa. Hay páginas que se sienten escritas ayer, donde el lenguaje del asombro y la exploración resuena con toda la fuerza de lo contemporáneo. Hay otras que revelan sin pudor su tiempo: ciertas miradas coloniales, ciertos silencios sobre las mujeres, cierta Europa como centro del universo. Pero incluso en esas limitaciones, Verne invita a algo productivo: a leer con ojos críticos, a preguntarse qué cosas de las que hoy damos por supuestas resultarán igual de fechadas dentro de cien años. Sus páginas envejecidas son también un espejo.
Ciento veintiún años después de su muerte, Julio Verne sigue siendo uno de los escritores más leídos del mundo. Sus libros han sido traducidos a más idiomas que los de casi cualquier otro autor de la literatura occidental. Millones de niños siguen descendiendo con él veinte mil leguas bajo el mar, siguen girando alrededor de la Tierra en ochenta días, siguen disparados hacia la Luna desde un cañón en Florida. Eso es algo que ni siquiera él, con toda su imaginación, pudo haber predicho del todo: que la mayor hazaña de su vida no sería ningún viaje extraordinario, sino permanecer.