Volver al índice Lo que debió ser jardín y fue invierno

Capítulo 1

Despertador

20 de abril de 2026 · 4 min de lectura

El silencio es acompañado de un leve sonido consistente que se filtra con sigilo por mis oídos. Todos los días, el agudo estruendo corta de tajo la cuerda que me vincula entre mi mundo ideal y el mundo que “yo escogí” vivir. Mi compañera, con una enorme pesadez, se levanta de su cama y se dirige hacia otro cuarto para encerrarse y no salir pasados unos minutos.

El frío artificial penetra con gentileza mi cuerpo, y desde mi cama observo la puerta donde mi compañera entró. Después de estirarme hasta sentir mis piernas temblar involuntariamente, seguido de un agradable hormigueo que sube desde mis pantorrillas hasta mis nalgas, me senté con pereza sobre mi cama. Hoy no tenía ganas de ir a la oficina, pero prefería mil veces estar más de diez horas palideciendo dentro de un cubículo, escuchando la insoportable voz de mi jefa pidiendo cambios irrelevantes a mis entregas que estar aquí, esperando el momento en que la tensión explote. El sonido del chorro del agua cayendo sobre el azulejo se detuvo gradualmente, así como la capacidad de permitir la entrada de oxígeno a mis pulmones. Deslicé mi mano derecha dentro de la funda de la almohada y tomé con firmeza dos pequeños envases transparentes y los metí en el bolsillo de mi bermuda, me bajé de la cama y caminé apresurada a la cocina a preparar un desayuno frío. Abrí el refrigerador, ignorando el intrusivo aroma a jamón y queso podrido que hacían que mi nariz ardiera un poco, y saqué el contenedor que escondí hasta el fondo de la repisa más alta. Cerré el refrigerador y caminé hacia el fregadero, tomé una de las cucharas limpias que estaba a un lado de este y abrí el contenedor, con la cuchara recogí la mezcla de yogur sin sabor, salpicado con unos trozos de manzana y miel; y la metí a mi boca, mezclándose con mi mal aliento. Soltando la cuchara dentro del contenedor, metí la mano derecha a mi bolsillo y saqué uno de los envases, que era apenas del tamaño de la palma de mi mano, giré la tapa de plástico con los dedos y, con mucho cuidado, dejé caer una pequeña pastilla, todavía más pequeña que el frasco y lo cerré de la misma manera y lo devolví a mi bolsillo. Con la cuchara recogí la mezcla del lácteo con las frutas y el fármaco, y la introduje en mi boca. Después de tragar el bocado, coloqué la cuchara en el fregadero, tapé el contenedor y lo regresé a su oscuro escondite. 

Regresé a la habitación y mi compañera estaba sentada en su cama, con una toalla enredada en su cuerpo y usando otra para secarse el cabello, mirando hacia abajo. Jalé mi toalla colgada sobre la puerta del cuarto, caminé con aparente calma hacia el baño y cerré suavemente la puerta. El aroma a jabón, cigarros y pasta dental penetraron mi nariz. Me quité la camisa, bajé con cuidado mi bermuda seguida de mi pantaleta y las coloqué con cuidado sobre la tapa del inodoro. Encendí la ducha y dejé que el agua helada terminara de despertarme.

Cuando salí de la ducha, sequé mi cuerpo con la toalla y después envolví mi cuerpo con esta, me cepillé los dientes; tomé mi ropa y la enrollé convirtiéndola en un bulto, y finalmente salí del baño. Al abrir la puerta, observé a mi compañera ya vestida tendiendo mi cama, deslizando las manos con morboso detalle por el colchón, comprobando que la sábana, la almohada e incluso la base de la cama no ocultaban nada. Me pregunté si mi celular, el cual estaba al lado del despertador encima de una mesita de noche colocada en medio de ambas camas, estaba en modo silencio. Cuando terminó de hacer mi cama y comprobar que todo estaba bajo control, salió del cuarto hacia la cocina, sin cerrar la puerta.

Caminé hacia mi cama ahora pulcra, me senté sobre el colchón y coloqué el bulto de ropa a mi lado, protegiéndolo. Mis ojos se dirigieron hacia mi teléfono y se quedaron clavados ahí por un minuto, estiré el brazo y presioné el botón de encendido. Había un mensaje sin leer. Olvidé activar la función de ocultar el contenido de las notificaciones. “¿Cómo te fue con el psiquiatra?” leí. Una fría oleada se esparció desde mi pecho hacia el resto de mi cuerpo, y mis sentidos se agudizaron, el tic tac antes suave, ahora taladraba mis oídos, la rugosidad de la toalla raspaba mi torso con cada movimiento, mi mente se nublaba y se sentía pesada de tantos pensamientos.

“Cuando te cambies vienes al comedor,” dijo la voz desde la puerta del cuarto, volteé violentamente hacia ella.

“Sí, madre,” respondí.